La absurdez del relativismo de la vida como azar, como casualidad sin sentido, se disuelve en la comprensión profunda y el estudio teológico, pero afirmar esto es casi un acto de rebeldía y autocondena al ostracismo en una sociedad desacralizada, y más aún en la escena de la filosofía académica (y más allá de la filosofía), en la que las facultades, en su gran mayoría, son el nicho y el enjambre de astutos nihilistas y materialistas que solo nombran a Dios para negarlo, ni siquiera para investigarlo o interesarse por la conexión que el hombre ha tenido durante siglos con la religiosidad. Creo que se vislumbra nuestra profunda oposición a la academia en general, que no a los académicos en singular.
Tratamos el imperante ateísmo que nos rodea y sus consecuencias en el hombre y abogamos por un regreso a la admiración de nuestra existencia y dimensión trascendental.
OBSERVACIÓN: la egolatría se ha apoderado de las mentes y el mito prometeico está cada vez más latente.
DIAGNÓSTICO: creemos ser hombres dioses sin creer en Dios, es prácticamente cómico.
La filosofía, desde sus inicios (y sobre todo EN sus inicios, relativamente hablando), ha sido una experiencia estrechamente ligada con la Teología, que parte del asombro y de un absoluto deslumbramiento por la cuestión de lo divino y por el encuentro con ello. El Poema de Parménides (Para quien lo quiera consultar: Kirk, G.S., Raven, J., Schofield, M., Los filósofos presocráticos, Gredos, 2022, pág. 319-346), no es casualidad precisamente que sea expresado en forma de mito, mediante un ambiente onírico-simbólico donde se relata un viaje, una experiencia metafísica y supra-histórica.
Como expresa muy bien Orígenes sobre los hechos bíblicos del Nuevo Testamento: “No vayamos a creer que los libros santos cuentan la historia de los egipcios o de otros pueblos. No han sido escritos con objeto histórico. La culpa de todas esas falsas interpretaciones, impiedades y rudezas sobre Dios, no parece ser otra que la escritura no es comprendida según el sentido espiritual, sino tomada como si fuera una simple letra. […] El objeto del Espíritu Santo fue el de ocultar los misterios en lo que parecen historias de sucesos ocurridos.”.
Con esta cita (Orígenes lo expone desde el cristianismo, pero podemos tomarlo para interpretar otras cuestiones religiosas), se aclara muy bien a lo que nos referimos, la importancia está en el mensaje, no se trata del hecho en sí, de sí sucedió en un espacio-tiempo, sino en la profunda expresión de una enseñanza desde el plano trascendental del ser, más allá del tiempo lineal al que nos han condenado, como se condena a Cronos a vagar infinitamente y linealmente por el mundo.
Parménides relata un encuentro el joven y la diosa, y no cualquier joven ni cualquier diosa.
Un joven que sabe oír, sabe comprender en trascendencia, yendo más allá de lo comprensible ordinariamente. Posee una conexión con lo divino, buscándolo quizás inconscientemente.
Ese es el motivo de la aparición de la diosa, siendo elegido en silencio, sin ambición, sin interés, solo por simple asombro, por pura admiración. Y no cualquier diosa, sino aquella que sabe transmitir verticalmente, cuál revelación mística, al joven su enseñanza. Este relato de encuentro es el que se está extinguiendo.
La filosofía pues, desde sus más recónditos inicios, ha estado emparentada, y casi en un relación de sinonimia, con la Metafísica y en concreto con la Teología. La razón pues es la llave que abre la ‘puerta’ que custodia la diosa.
LA NECESIDAD RELIGIOSA DEL HOMBRE
El mundo se desordena en base a la gran confusión: la razón tergiversada, apelando al pragmatismo, a lo comprobable por medio de los datos, a lo analizable, como escudo contra cualquier creencia o saber que tenga en cuenta la dimensión metafísica y trascendente de la existencia.
El presente es el gran apogeo de la concepción de la vida como algo azaroso, sin sentido, cuyo atributo de Ser no es nada relevante. Nihilismo y denigración de toda dimensión trascendente (que vaya más allá de lo simplemente humano o mundano).
¿Acaso no es preocupante? Sí, porque estamos atestiguando la mayor enfermedad colectiva del alma y el espíritu jamás vista, la aberración última al Acto de ser que contenemos en nuestro seno vital.
El plano metafísico está desnutrido, raquítico, por ello la frustración, la insatisfacción, la búsqueda de realización en el trabajo, en lo material, en el aparentar están destrozando y desorientando cantidad de vidas.
Dijo Mircea Eliade: ”El hombre religioso no puede vivir, sino en un mundo sagrado porque sólo un mundo sagrado así participa del ser. Esta necesidad religiosa expresa una inextinguible sed ontológica.”
Pues desamparado está el moderno en su posición. Cuando hablamos de necesidad religiosa, no tenemos porque concebir religiones únicamente, la mística es otra expresión de ello. Pero tampoco vamos a ser partícipes del miedo y la desconfianza que se ha generado hacia toda religión como una doctrina que conlleva una serie de dogmas arbitrarios. Este recelo hacia la religión organizada, viene en gran medida por sus instituciones, que más allá de centrarse en su cometido espiritual, se han dedicado también a lo político y a usar su autoridad como medio de poder. No debemos confundir la institución (la que sea incoherente o que obre según fines lejanos a la religión que se supone que proclama) con la propia religión, y su esencialidad.
Eliade expone esta necesidad y alude directamente a una “inextinguible sed ontológica”. Es decir, la conexión religiosa habita en el hombre, no es ninguna sorpresa pues desde los albores de la humanidad el ser humano se ha expresado hacia una divinidad, concebida bajo diversas formas, pero refiriéndose a una entidad trascendente al mundo físico y humano. A lo que paradójicamente estamos conectados. ¿Y por qué lo afirmo? Pues porque incluso en el hombre desacralizado (hombre moderno común) aquella necesidad de trascendencia, o de búsqueda de un sentido, sigue latente. Por ello se han maximizado la flsa espiritualidad, la new age y los panfletos moderno perro-fláuticos (ver otro artñiculo libro rene guenon y julius evola) otro art: aceptar o rechaza, ser dominado o rechazar el todo. justos por pecadores.
