Tedio es lo que siento como estudiante que sufre el ambiente intelectualmente deplorable de la universidad del vulgo (vulgar) y un constante bombardeo de ideologías vacías, carteles, pintadas, gritos, berreos y fiestas socialistas con olor a porro. Agradezco que más personas sean capaces de ver (si es que el lector lo es), que lejos de ser el progreso (visto como el dios maniqueo hecho carne en la modernidad) la revolución de la juventud, nada tiene de progreso, de revolución ni de una juventud a la que querer asemejarse.
Qué le vamos a hacer!, aún quedamos algunos en los absolutos márgenes de esa ponzoña decadente y sombría del manifestante medio o del teleadicto indignadito.
Vamos!, la Edad Sombría hace rato que ha llegado y muchos siguen traumatizados creyendo que la luz de la razón les guía… Mientras tanto unos cuantos persiguiendo la Edad de Oro en nuestro ser.
Tedio progre, esa expresión que le escuché decir al gran Sánchez Dragó en una entrevista póstuma que ofreció a un medio, en este caso de YouTube. Gran alivio se generó en mí al escuchar una expresión que se acercara tanto a lo que siento frente a la actualidad del mundo, en concreto la española: tedio.
Tedio en todas las direcciones. Y ganas, muchas ganas de apartarme tanto como sea posible de los berridos de aquellos traumatizados, disociados, fragmentados y satanizados que ven la vida como una lucha, como una batalla.
Lo peor, creen que pueden ganar esa guerra, pero es una guerra ficticia que principalmente va contra ellos mismos. Que va contra aquellos desalmados, que buscan en la ideología, en la pertenencia, en la identificación con el otro, en la política, la salvación que niegan poder obtenerla por métodos «pasados» (o como dirían ellos: pasados de moda), véase la religión o diversos cultos espirituales.
La irrupción de lo político en cada milésima de segundo y en cada milímetro de nuestras vidas conforma la fase indispensable del plan para la destrucción del ser humano como ser contemplativo, admirativo, en tanto que busca el acercamiento a aquello que pertenece al orden trascendente, siendo ese el verdadero fin vital de cada ser encarnado en la existencia.
La polarización del todo en reduccionismos baratos, populistas y demagógicos ha alcanzado gran parte de las mentes, que han sido perturbadas y desviadas en su atención hacia el foco de lo mediático, de lo actual, de la noticia trágica y de la guerra de turno constante.
Esto es lo que nos ofrece un mundo globalista, hiperconectado y a la vez más desconectado de sí que nunca.
Por eso hablamos del manifestante de turno y del teleadicto indignadito, como modelos de persona que incesantemente se repiten aquí y allá, convirtiéndose en el modelo de persona correcta y moralmente buena.
Seguro que habéis atisbado esos que se proclaman: «En contra de lo malo y a favor de lo bueno», ¿no…? Bueno y malo si pensamos en la moral recalcitrante del bien-quedismo político y del reduccionismo moderno. Si pensamos más allá de las fronteras que la modernidad ha construido en el pensamiento del hombre moderno, todo eso y más se desmorona. Lo gracioso es que ese hombre moderno ni siquiera se plantea como posible otra forma de pensar que no sea la que ha mamado por imposición de la Modernidad.
Pequeño paréntesis: no confundir al hombre moderno o modernizado con aquel que habita en la modernidad, INEVITABLEMENTE, a nivel histórico, que no espiritual (el estado del espíritu puede ser el de una época y adherirse a el como individuo egregorizado-alienado o el propio de un ser concreto)
El sentido común ha virado hacia aquella frase dicha por Simone de Beauvoir: «lo personal es político». Matando absolutamente la distancia y la línea diferenciadora de esos dos ámbitos para la comprensión humana general.
Todo ello acrecentado por aquella juventud que cree ser revolucionaria y que no hace más que servir a los intereses del poder: distracción, fragmentación y disidencia controlada. Una generación, que como expone Guillermo Mas Arellano en su última publicación Asedios de lo terrible, está «excesivamente ideologizada, aunque por completo carente de ideas políticas, no digamos ya de ambiciones artísticas».
Y que además, dicha generación, es «pretendidamente sierva, como es la nuestra, en la que los jóvenes ya no quieren hacer la Ruta 66, sino en su lugar ser funcionarios para poder pagar el piso compartido y la cuenta de Netflix a finales de mes.»
Aquel preocupado por la inmanencia de la actualidad como único fin de su vida y proclamándolo como asunto de máxima importancia solo me genera un gran tedio. Como por ejemplo el estudiante universitario de turno que se dedica a pegar carteles por la facultad, a andar interrumpiendo lecciones para emitir discursos políticos y supuestamente revolucionarios, que no hacen más que trabajar inconscientemente, en la mayoría de los casos, para el sistema empobrecedor de la libertad y sobretodo de la inteligencia.
Pero ¿sabéis que es lo peor? Que en el fuero interno de esos estudiantes empobrecidos intelectualmente que dedican su juventud a servir a los hilos de la política, no hay un afán de cambio, hay un afán de reconocimiento, de prestigio, de solventar los episodios traumáticos que le han llevado a andar en una esquina a las doce de la mañana fumando un porro y diseñando en canva el cartel de la siguiente fiesta anarquista de la facultad.
Y lo que es aún peor: esos posibles episodios traumáticos o fragmentación que habita es provocada precisamente por el sistema que ensalza la política y la «lucha» como lo verdaderamente importante para nuestras vidas y que esa persona perpetua con su «acción política». Pues se dedica a alimentar a aquello que lo consume y que le acrecenta más aun la depresión en la que vive por culpa de negar que la vida es búsqueda de sentido último y no solo política ni lucha.
Tedio porque expande la visión de aquel que considera acuciante lo que pasa a cada segundo en el mundo. Y sí, es relevante, pero como medio para conocer los mecanismos del poder, del sistema y de las mentes que ya se han unido totalmente a la mente-colmena.
Para nada más. Mantener tu foco mental en ello solo te aleja cada vez más del auténtico sentido de tu ser.
Todo aquel que sea un consumidor ferviente y emocional de lo aquí expuesto y más aún: aquel considerado activista o eminentemente político, esta formando parte del plan de alienarnos a los sucesos de actualidad y hacernos permanecer en una distracción que no cesa, que no para de cambiar.
¿Para qué? Para alejarnos de aquello que verdaderamente debe colmar nuestra intelectualidad: la búsqueda del sentido fuera de lo inmanente.
Estamos bien lejos de aquellos que generan tedio progre, tedio político en general, en todas las direcciones.
